Abril 24 de 2024 - Por Quién Doblan las Campanas - Ernest Hemingway
Es bien sabido que suelo aprovisionarme muy bien para un viaje y siempre, sin excepción alguna, lo primero en lo que pienso en la antesala de una travesía es en el libro; no en el vestido de baño o en ese lindo vestido que, de seguro, también me gustará lucir. No, prefiero deslumbrarme con el libro que he de leer. Prefiero comprarme un nuevo vestido en el destino, en caso de ser necesario, antes que tener que cambiar de libro en medio de un viaje. Le llamo "vanidad literaria"...
Cuando fui en busca de Hemingway, realmente no era este el libro que buscaba; tenía en mente El viejo y el mar, que desde hacía mucho tiempo estaba en mi lista de lecturas pendientes (y ahí sigue). Al no haber ejemplares disponibles, y ya sin tiempo suficiente para esperar a que me llegara, me topé con esta historia. Me dije: "Al final, lo que quiero es la compañía de Ernest, así que de seguro no me desilusionará". Al leer su prólogo y unas cuantas referencias, sin duda alguna pareció que me esperaba otra obra maestra. Así que emprendí esta historia y un nuevo viaje por el Caribe.

Sé que los lectores colombianos, al escuchar este título, muy seguramente pensarán más en la canción del famoso cantante de vallenato Diomedes Díaz, "Doblaron las campanas"; que en la literatura clásica. Lo digo por mí misma al tener este libro en la mano, fue lo primero que pensé...
"Quién preguntará por mí
Después que me fui
A perderme en mi andar..."
Me gusta pensar que el compositor de dicha letra tuvo una inspiración similar a la de Hemingway. Él explicaba que, para escoger el título de esta obra, se basó en una anécdota literaria brillante: lo tomó de una meditación del poeta del siglo XVII, John Donne. El texto de Donne reflexionaba sobre cómo la humanidad está profundamente interconectada; cuando alguien muere, la humanidad entera pierde algo. Por eso, cuando escuches sonar las campanas de la iglesia anunciando un funeral, no preguntes por quién doblan, porque "doblan por ti".
Supongo que los genios siempre encuentran las palabras perfectas para que, años o siglos después, sus textos nos sigan retumbando en la mente.

Otra anécdota fascinante es que Hemingway escribió gran parte de esta novela desde la habitación 511 del Hotel Ambos Mundos, en La Habana (Cuba). Ya había mencionado en otra reseña —la de Los colores del incendio— la fascinación de este autor por este país, un lugar donde logró combinar sus recuerdos con su experiencia directa como corresponsal de guerra en España. Además, el personaje de María estuvo físicamente inspirado en la actriz Ingrid Bergman; de hecho, cuando la novela fue adaptada al cine en 1943, Hemingway insistió personalmente en que Bergman interpretara el papel, asegurando que ella era María. Y así fue. Por cierto, denle una mirada si van a leer el libro: ella era una mujer increíblemente bella. Leer la obra con su imagen y la del guapo Gary Cooper en la mente, a lo mejor los anima un poco más.
La novela se desarrolla durante un lapso de apenas 72 horas, en mayo de 1937, en plena Guerra Civil Española. El protagonista, Robert Jordan, es un profesor de español estadounidense que se ha unido a las Brigadas Internacionales para luchar del lado republicano. Su misión es clara pero casi suicida: infiltrarse tras las líneas enemigas (fascistas) en la Sierra de Guadarrama y volar un puente estratégico para evitar el avance de las tropas durante una inminente ofensiva en Segovia.

Para lograrlo, Jordan debe depender de un grupo de guerrilleros locales que viven escondidos en las montañas. Allí se encuentra con un líder desgastado y cínico, Pablo, que ha perdido la fe en la causa y teme que la explosión del puente atraiga la muerte sobre ellos. Sin embargo, el verdadero control del grupo lo tiene la mujer de Pablo, Pilar, una figura matriarcal, fuerte, supersticiosa y ferozmente leal a la República.
En este campamento, Jordan conoce a María, una joven que fue rescatada por los guerrilleros tras ser brutalmente abusada y torturada por los fascistas. Entre Robert y María surge un amor fulminante y absoluto. Ante la inminencia de la muerte, su romance se vive con la intensidad de una vida entera comprimida en tres días.
La tensión aumenta a medida que se acerca la hora de la misión. Jordan descubre que el enemigo ya sabe de la ofensiva, pero sus superiores se niegan a cancelar el ataque. Consciente de que es un esfuerzo inútil, cumple con su deber de todos modos por lealtad a sus compañeros. A medida que el reloj avanza, implacable hacia la hora cero, la atmósfera en la sierra se vuelve casi irrespirable. La novela se precipita hacia un clímax soberbio donde el frío deber militar choca de frente con la fatalidad del destino.

Hemingway nos arrastra a un desenlace frenético en el que la fidelidad a los camaradas y las decisiones imposibles exigen el precio más alto imaginable. En medio del caos, del eco de la pólvora y de la crudeza de la guerra, los personajes se enfrentan a la prueba definitiva de sus ideales y de su amor. Es un cierre profundamente desgarrador y heroico que te dejará con el corazón en un puño, suspendido en la quietud de un bosque español. Un final que nos recuerda, con una belleza trágica, que las victorias más inmensas de la condición humana no siempre se celebran ganando batallas, sino en el sacrificio silencioso por aquellos a quienes amamos.
Creo que son pocos, muy pocos, los libros que te llevan a cuestionar los roles de quienes nos rodean: la seguridad de nuestro entorno, el amor, la amistad y las lealtades. En la trinchera del día a día, ya sea construyendo un negocio, coordinando un equipo o persiguiendo una meta en común, son las personalidades fuertes, protectoras y resolutivas las que realmente sostienen las bases para que todo funcione. Reconocer ese rol y descubrir quién es la verdadera Pilar en nuestro propio entorno es, quizás, una de las mayores lecciones para asegurar que cualquier proyecto llegue a buen puerto.

Con este libro es inevitable no reflexionar sobre la importancia vital de crear espacios seguros en nuestro propio mundo; el deber de construir refugios donde el alma pueda, simplemente, descansar y sanar a su propio ritmo.
Hay amores, amistades y encuentros que están diseñados para ser fugaces, y no por ello son menos inmensos.
Robert y María nos enseñan que hay personas que la vida nos pone en el camino como un relámpago. Aparecen justo en el instante en que más necesitamos un refugio, nos ayudan a curar heridas profundas, nos transforman por completo y luego, por las circunstancias que sean, el destino los separa. La magia de esos encuentros reside, precisamente, en su urgencia.
El libro es un recordatorio para dejar de posponer los abrazos, las palabras de afecto y los momentos compartidos bajo la falsa ilusión de que "siempre habrá tiempo". Nos enseña a honrar y exprimir al máximo a las personas que coinciden con nosotros hoy. La vida se trata de atrevernos a vivir cada encuentro con tanta intensidad que un solo instante baste para darnos luz el resto de nuestros días.

La tensión de leer el final de este libro es indescriptible; literalmente se me aceleraba el corazón por no saber qué iba a ocurrir. Sufrí con sus pasiones, sus tensiones, su dolor y su lealtad. La lección más hermosa de esta novela es que el honor, amor y la fidelidad están por encima de los resultados: la inmensa paz mental de haber hecho lo correcto. Es elegir no abandonar a los nuestros cuando las cosas se ponen difíciles. Este es, sin duda, un libro que te marca de muchas formas; de esos que se tatúan en tu alma y te dejan enseñanzas para el resto de tu vida.
Diálogos o Frases:
- "Larga y escapada es la vida. Muchos se quedan en el camino: los inconstantes, los débiles de carácter, los negligentes, los ignorantes, los que confían solo en la suerte, olvidando que los triunfos fueron forjados a fuerza de estudio, perseverancia y voluntad. Estoy convencido de que cada hombre puede elegir su destino".
- "Razones para rebelarse, tenemos de sobra, pero nada se arregla mordiendo la mano de quien te da de comer. Edúcate, sé valiente y emprendedor, quizá con los años mejoremos este desastre..."
- "El mundo es un buen lugar y por él vale la pena luchar, y me da mucha pena dejarlo".
- "No hay nada más que ahora. No hay un ayer ni un mañana. ¿Cuántos años tengo que tener para saberlo?".
- "Tú eres yo ahora. Tú eres lo que queda de nosotros".

- "Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente... por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti".
- "Para nosotros, la vida no es cuestión de tiempo, sino de intensidad".
- "Matar es algo muy feo. Quita un algo dentro de uno que ya no vuelve a recuperarse".
- "Hoy es solamente un día más de todos los días que llegarán. Pero lo que sucederá en todos los otros días que vendrán puede depender de lo que hagas hoy".
- "Me gustaría poder tener toda una vida contigo, de esas en las que la gente envejece y tiene hijos".
- "Si dejamos de luchar aquí, dejaremos de luchar en todas partes".
- "No quiero hacer de héroe. Solo quiero hacer mi trabajo".
- "La manera de llevarse bien con un gato es tratarlo como el ser superior que él sabe que es".
- "Los libros son una forma elevada de amistad".
- "El silencio es una virtud, una salida, un preludio, una herida y hasta una ofensa. Me encanta todo lo que se puede lograr cerrando la boca".
- "No hay peor soledad que no sentirse cómodo con uno mismo".
- "Nunca te arrepientas de nada que te haga sonreír".

- "La lealtad puede ser una virtud o una condena".
- "Las mejores personas poseen sensibilidad para la belleza, valor para enfrentar los riesgos, disciplina para decir la verdad y capacidad para sacrificarse. Irónicamente, estas virtudes los hacen vulnerables; frecuentemente se les lastima, a veces se les destruye".
Ernest Hemingway cubrió como corresponsal la guerra civil española, la cual comenzó en 1936. Viajó a España para reportar el conflicto en varias etapas entre 1937 y 1938. Como pueden evidenciar, gracias a ello pudo describir de forma tan personal todo este escenario. Más adelante, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1954 por El viejo y el mar, publicada en 1952. Por esta razón buscaba leerme este libro; ya llegará su momento.
Como mencioné al inicio de esta reseña, esta historia fue una gran compañía en el Caribe; en esta ocasión, por la bella isla de Curazao. Nada más rico que unos días de desconexión en este paradisíaco lugar.

De los muchos rincones que hay en el Caribe para visitar, una de las razones —además de la belleza misma de la isla, de la cual ya hablarán por sí solas las fotografías— es que allí vive el hijo de una gran amiga de mi madre, quien constantemente me decía: "¡Qué rico que los visitaras!". Así que, como buena viajera que no necesita de muchos motivos para explorar un lindo lugar, esta sería la excusa perfecta para dejarme perder en sus playas azules y, de paso, darle el placer a mi madre de que visitara a dichos amigos a través de mí (estoy segura de que, desde donde me mire, esto le habrá sacado una hermosa sonrisa).
Amigos que, además, resultaron ser los mejores anfitriones posibles. Nos llevaron a conocer los rincones más mágicos y auténticos de toda la isla, por lo que quedo eternamente agradecida con ellos por su muy especial y generosa hospitalidad
Sin duda alguna, no hay mejor manera de conocer un destino que de la mano de quien vive en él; conocen los mejores sitios para ir, no solo los famosos de Instagram. No, ellos conocen los rincones imperdibles, bellos y tranquilos que suelen frecuentar los lugareños; esos que no son tan concurridos y que resultan un auténtico tesoro.
Curazao tiene esa combinación perfecta de la alegría caribeña y un indiscutible estilo europeo. Su arquitectura y su organización, entre muchas otras cosas, la convierten en un destino único y fascinante.

Es imposible caminar por sus calles sin sentir ese contraste: estás en el Caribe, pero a la vez respiras siglos de diseño y orden del viejo continente.
Antes de la llegada de los europeos, la isla estaba habitada por los caquetíos, un subgrupo de la etnia arahuaca. Eran pescadores y agricultores que dejaron su huella en las pinturas rupestres que, milagrosamente, aún se pueden contemplar en las cuevas de Hato. El explorador español Alonso de Ojeda (junto con Américo Vespucio) llegó a la isla en 1499. Inicialmente, los españoles consideraron a Curazao, Aruba y Bonaire como "islas útiles" —o más bien, inútiles para sus ambiciones— porque no encontraron en ellas ni oro ni plata. ¡Qué ironía! No supieron ver que el verdadero tesoro era la isla misma.
Respecto a su nombre, existen dos teorías principales. La más extendida es que proviene de la palabra portuguesa o española "coração" (corazón), debido a que la isla se ubicaba estratégicamente en el centro de las rutas comerciales. Y vaya que le hace honor al nombre; Curazao late con una fuerza propia.
La Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, liderada por Johannes van Walbeeck, le arrebató la isla a los españoles en 1634. A diferencia de sus predecesores, los holandeses sí vieron el verdadero valor de Curazao: su espectacular puerto natural de aguas profundas (Schottegat) y su ubicación estratégica.

Allí fundaron la capital, Willemstad, dividida por el canal de Santa Ana en dos distritos históricos: Punda (el punto neurálgico fortificado) y Otrobanda (literalmente, "el otro lado"). Una de las curiosidades que más me cautivó tiene que ver con sus fachadas: debido a las leyes locales de la época, las casas de piedra se pintaron de colores vivos para evitar que el reflejo del sol en las paredes blancas dañara la vista de los habitantes. Así, por pura salud pública, nació el paisaje icónico y fotogénico que disfrutamos hoy en día.
Sin embargo, como buena lectora de historias complejas, sé que no todo es idílico en este rincón. Lamentablemente, durante los siglos XVII y XVIII, Curazao se convirtió en uno de los mercados de esclavos más grandes e importantes del Caribe. Los africanos esclavizados eran traídos a la isla para ser vendidos y distribuidos a otras plantaciones en América del Sur y el Caribe. Es una herida profunda que aún se respira en el aire y que no debemos olvidar.
Tanto es así que el 17 de agosto de 1795, un hombre esclavizado llamado Tula lideró la rebelión de esclavos más importante de la historia de la isla, inspirado por los ideales de libertad de la Revolución Francesa. Aunque la revuelta fue aplastada de forma brutal por las autoridades, el coraje de este hombre dejó una marca imborrable: hoy en día, Tula es considerado con total justicia el máximo héroe nacional de Curazao.

La llegada de la refinería trajo una enorme prosperidad económica y convirtió a la isla en un imán cosmopolita. Llegaron trabajadores de todo el Caribe, Europa, Asia y Medio Oriente, consolidando de forma definitiva la naturaleza multicultural de su sociedad.
Durante décadas, Curazao fue la capital de las Antillas Neerlandesas. Sin embargo, tras una profunda reestructuración política el 10 de octubre de 2010 (una fecha grabada en su historia como el 10-10-10), las Antillas Neerlandesas se disolvieron y Curazao se transformó en un país autónomo dentro del Reino de los Países Bajos. Hoy en día cuentan con su propio gobierno y moneda, aunque siguen compartiendo la nacionalidad y la política exterior con los Países Bajos.
Respecto a su identidad, el papiamento es el verdadero corazón de la cultura local. Es una lengua criolla, hermosa y única, que fusiona con sutileza el español, el portugués, el holandés, el inglés, el francés y diversas lenguas africanas. Para mí, escuchar hablar a los lugareños es el reflejo musical y perfecto de una historia que sigue muy viva; cada frase es un puente entre continentes.

Debido a este valor arquitectónico e histórico tan singular, el centro de Willemstad y su puerto fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997.
Curazao es el testimonio físico de que, cuando el mundo se junta en un pequeño pedazo de tierra, el resultado no es el caos, sino una sinfonía de colores que resalta la belleza de su cultura y hace que el azul de su mar sea aún más magnético. Es como si el Viejo Mundo se hubiese vestido de fiesta tropical para alegrar la mirada del viajero.
Dentro del sinfín de planes que ofrece, los culturales ocupan un lugar de honor, siendo muy consecuentes con ese peso de la tradición europea. Para mí, resulta un imperdible absoluto la visita al Museo Kurá Hulanda. Ubicado en el mismo centro histórico, este espacio documenta con una crudeza respetuosa la historia de la esclavitud local. Una parada obligatoria para recordar que detrás de los colores actuales hubo lutos que no debemos ignorar si queremos entender el alma entera de la isla.
Curazao tiene un sinfín de ofertas gastronómicas para todos los gustos. Si buscan sabores auténticos, me atrevo a recomendarles el Landhuis Dokterstuin "Restaurant Komedor Krioyo". Aunque queda a las afueras de la ciudad, vale muchísimo la pena el viaje para disfrutar de la verdadera comida tradicional local en un entorno colonial. Ahora, si prefieren quedarse dentro de la ciudad, hay opciones maravillosas; entre ellas, a nosotros nos pareció una delicia The Wine Cellar, un rincón perfecto para una velada más íntima.

Ya saben que para mí, descubrir el alma de un lugar también implica sentarse a la mesa y dejarse conquistar por sus contrastes culinarios.
Por otro lado, si tuviera que enumerar la cantidad de playas que se deben visitar, me sería casi imposible escoger una sola. La isla tiene un litoral diseñado para complacer a cualquiera: hay bahías tranquilas y paradisíacas que invitan al silencio, y otras que, aunque son igual de bellas, tienen un ambiente un poco más vibrante y fiestero. Cada quien encontrará su rincón ideal según el plan que busque. Sin embargo, como buena viajera, les recomendaría no dejar de ir al menos a tres joyas: Porto Marie, Klein Curaçao y, por supuesto, Kenepa Grande (Grote Knip). Todas ellas poseen una belleza singular que se les quedarán grabadas.

Este lugar tiene, además, el don de la tranquilidad. No es la típica isla caribeña ruidosa y acelerada; es un refugio que nos invita a bajar las revoluciones, a desconectar del ruido diario y a encontrar un equilibrio perfecto mientras caminas sin afán por sus rincones patrimoniales o descubres sus plazas escondidas. Una pausa necesaria, con una buena taza de café en mano, contemplando el horizonte ☕🇨🇼. ¡Hasta pronto Isla bonita!
- Año de Publicación: 1940
- Libro: Por Quién Doblan las Campanas
- Escritor: Ernest Hemingway
- Género Literario: Novela Histórica
- Editorial: Debolsillo, Lumen